Sunday, July 23, 2017

Texto 10


Profesor:     Jorge Henríquez M.

Asignatura: Filosofía.

Contenido: Texto 10: “Las tres metamorfosis: un relato de liberación”,

                                en: M. Hopenhayn: Después del Nihilismo.

 

 “Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.”

  

El camello alude al sujeto determinado por la moral cristiana, la metafísica platónica y  el Iluminismo del siglo dieciocho. Mala conciencia, espíritu gregario, sensibilidad de masas, prescripciones doctrinarias, ideologías de justificación, exceso de sentido histórico, ascetismo intramundano: todos estos rasgos quedan didácticamente ilustrados por la joroba del camello.

  Pero el relato de las tres metamorfosis es algo más que una simplificación pedagógica. Bajo este movimiento del espíritu (camello, león, niño), se resume un  complejo itinerario de lucha por la autonomía y la emancipación. Metáfora de la conciencia secularizada (libre de predeterminaciones), este relato prefigura un momento utópico de salto emancipatorio, cuyo logro depende de un trabajo previo, de crítica profunda a aquello que la historia ha puesto en nuestras espaldas como carga moral.

  Si bien esta dialéctica crítica-emancipación recorre el pensamiento revolucionario de la modernidad, la alegoría de las tres metamorfosis no pretende consagrar la marcha dialéctica  de la razón. No es casual que la figura del león se resista a la síntesis. Por cierto, el león encarna al espíritu crítico y moviliza su lucidez para destruir. Esto significa desenmascarar, desmitificar, relativizar. El león es la instancia de una crítica despiadada e inteligente: porque precisamente la joroba del camello está plagada de estrategias de preservación, el león debe ser depredador. En esta metamorfosis no hay no hay conciliación sino necesidad de remontar y disolver el peso de los valores. Sólo en este largo proceso de vaciamiento, la emancipación tiene sentido como puesta en marcha de la voluntad de individuación del sujeto.

 La emancipación del sujeto que abandona la cultura del rebaño no puede prescindir de esta violencia desenmascaradora que deberá ejercerse minuciosamente sobre cada síntoma que dicha cultura manifiesta en su propia subjetividad. La relativización que emana de la crítica no es trivial: es desenmascaramiento frontal y moviliza toda su fuerza disruptiva para desbaratar todos los fundamentos de la moral adquirida. La violencia destructiva que Nietzsche le adjudica al león muestra el respeto que guarda al poder del camello: la moral y la cultura gregarias no son meros fantasmas que desaparecen a la primera mirada. Tienen, también ellos, una inagotable capacidad de metamorfosearse para sobrevivir dentro de nosotros, incluso cuando más pensamos haberlos superado. Las claudicaciones se cuelan, de contrabando, incluso en las provocaciones más desenfadadas que nuestro camino personal le hace al entorno social en que se mueve. “Con el gran dragón quiere pelear [el león] para conseguir la victoria.”

  El león queda inexorablemente preso en su propia batalla. No puede definirse más que por reacción al camello. Su pelea remonta cada una de las trampas de la historia, de la moral y del inconsciente. Postula la libertad después de haber sometido su conciencia a todas las exigencias de la crítica, a toda la pesantez y lucidez de la autocrítica. Una insistencia casi delirante en liberarse de la compulsión del rebaño después de desandar todas las heridas, fruto de un prolongado trabajo empeñado en despejar las madejas de la biografía personal y de la historia universal.

  Pero al autodefinirse en función de la batalla queda sellada también la suerte del león: está predeterminado para confrontar al camello y, por lo mismo, no es libre. Debe disponerse a morir para que acabe de morir el camello que él mismo incuba en su guerra. Porque “la negación no es fecunda más que el tiempo en que nos esforzamos en conquistarla y apropiárnosla; una vez adquirida, nos aprisiona: una cadena como otra cualquiera”. (1) Que el león deba morir, es lo que hace al relato del Zaratustra insubordinable a la lógica de la síntesis. Esto cambia el discurso de la emancipación.

  En Hegel la autoconciencia, como base de la conciencia emancipada, no supone el triunfo de nadie sino el acto de  reconocimiento simbólico en que amo y esclavo se descubren como partes incompletas de una conciencia que busca la síntesis. La superación de la heteronomía requiere, para Hegel, la inclusión de ambas figuras  dependientes en una dinámica resolutivo-evolutiva. Esto no sucede en la alegoría nitzscheana de las tres metamorfosis del espíritu. No hay espacio para una resolución integradora, pues para Nietzsche no hay cambio real de la subjetividad sin una disolución exhaustiva de los núcleos de dominación y sometimiento. El león confronta al camello porque quiere hacer posible un singular, y comprueba que esa singularidad no es posible mientras la ley que se le impone al camello se extienda hacia el mundo. La negación del camello es la negación de una ley expresada en la forma del peso, la sumisón y el dominio. El camello refleja la imposibilidad de la singularidad, la autocreación y la libertad. Por cierto, el león ve su propia parte de camello cuando se comprueba  reactivo frente a las formas de la sumisión. Se descubre allí heterónomo, destinado a su confrontación. Pero también moviliza su fuerza crítica para exorcizar en sí mismo la ley y el poder que el camello encarna. Quiere poner término al efecto expansivo de esa ley no sólo en el camello que la encarna, sino neutralizar la ley destruyendo al camello, o cuando menos acotarla, fijarle un límite, permitir un espacio en que pueda darse otra cosa.

  La metamorfosis camello-león expresa esta lucha del espíritu por resistir el efecto totalizador de la voluntad del esclavo (moral gregaria, idealismo platónico, iluminismo cristiano o secular). ¿Pero qué ocurre con la última metamorfosis en el relato de Zaratustra? La imagen final de un niño que nace totalmente renovado y con los ojos abiertos no puede compararse con el momento de síntesis en la razón hegeliana. No hay dialéctica acumulativa. El niño del relato nietzscheano es olvido, liberación respecto de la historia, ruptura. No es el más alto umbral del desarrollo de la conciencia, sino una segunda oportunidad para la inocencia del olvido que todo lo recrea.

   El niño presume un último gesto autodisolutivo en el león. Para que el niño nazca, el león debe perecer, y para ello debe estar dispuesto a perecer. Esta voluntad no es clara en  quien ha consagrado su energía a doblegar al camello, es decir, a imponer su fuerza crítica sobre un objeto que ha querido burlarla. La conciencia secularizadora de la modernidad enfrenta entonces la dificultad de soltar la voluntad crítica. Esta voluntad crítica triunfa, se impone, se manifiesta entonces como una forma de la voluntad de poderío. Su ser ha quedado fugazmente afirmado en su crítica. No es sencillo desaparecer tras las bambalinas cuando se ha protagonizado el asalto en la penúltima escena.

  La presencia del niño anuncia, en su carácter de epifanía (evidencia singular), que la autonegación del león ha sido efectuada. El heroísmo homérico y el sentimiento trágico son elementos que Nietzsche recupera de los presocráticos para efectuar este último movimiento del león.  Por cierto, tiene algo de épico --de heroico y trágico—esta decisión de morir para dar lugar a otro-recreado. Pero esto no se aclara hasta que el niño, con su presencia, pone en evidencia la autodisolución de la voluntad destructiva. Si la autopoiesis ha sido realizada es porque la crítica ya ha completado su proceso y ha tenido el heroísmo y la lucidez de resignar su lugar de protagonista en este teatro de máscaras. Sólo así, aniquilando la misma compulsión de aniquilación, puede la libertad ejercerse en el sujeto como plena recreación de sí mismo. Pero para ello el espíritu tiene que vencer, primero, el temor a la nada: renunciar a la crítica es perder por un  momento el sentido que uno mismo se ha dado como “desenmascarador del mundo”. Este miedo debe ser enfrentado. Es la última batalla del león en el espíritu, pero no ya contra el camello, sino contra el último reflejo de camello que pudiera sobrevivir en él. Tendrá que atreverse a despoblarse a sí mismo de sentido (de su sentido en tanto león, vale decir, su función crítica.) “Crear valores nuevos –tampoco el león es aún capaz de hacerlo: más crearse libertad para un nuevo crear, eso sí es capaz de hacerlo el poder del león.”

 

   En el niño todo esto no siquiera se plantea: el temor a la orfandad (al sinsentido, a la vaciedad) no sólo ha sido vencido, sino incluso olvidado. Nada queda del ancla de persistencia tan cara al león. Por lo mismo, el espíritu del niño también está libre de la compulsión reactiva del león. Puede crear con una libertad inédita. Prescindiendo del impulso reactivo la inocencia adviene  con naturalidad. El niño expresa esta metamorfosis en que el espíritu se muestra ya instalado en el flujo  destrancado del devenir. De la negación no se ha pasado a una síntesis, sino a una afirmación libre: “¿Qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacerlo? […] inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego […]para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad “.  (2)

   Pero del niño poco  se puede decir. Contradicción de la autonomía: como su ideal es el sujeto autorrecreado, prácticamente nada se puede predicar de él, a riesgo de predeterminarlo. De modo análogo, el superhombre en la filosofía del Zaratustra no proclama una existencia ya consagrada, sino que indica tan solo la transitoriedad y eventual disolución de la figura que lo antecede. “El pensamiento del superhombre, señala Maurice Blanchot, no significa en primera instancia el advenimiento de éste sino que significa la desaparición de algo que se había llamado el hombre.” En el cuento de Zaratustra la última metamorfosis es sólo parte de un futuro virtual y no garantizado. El niño es una hipótesis o una figuración. Su carácter siempre metafórico en Nietzsche lo protege de la construcción idealizada. Puede ser anticipado como un haz de luz que se filtra en la noche, pero no puede convertirse en promesa de futuro, pues llevaría entonces el peso de su cumplimiento.

  Pero en el caso singular y biográfico del propio Nietzsche, en lugar de saltar del león al niño, vuelve a encarnar al camello. Refleja así una limitación recurrente en los filósofos críticos de la modernidad, a saber, que no es nada fácil saltar de la teoría crítica a la libre autocreación (autocreación que constituye aquí el momento en que secularización y liberación coinciden). Nietzsche fracasa en transitar de la voluntad crítica a la voluntad autopoiética. Como si algo del peso del camello en la propia subjetividad le hubiese resultado vital para persistir en la crítica. Y hay una rara coherencia antihegeliana en este colapso: no puede la misma autoconciencia contener al león y al niño. Por cierto, quien emprende el camino completo de la crítica, busca, casi sin confesárselo, conjurar la regresión dentro de sí. Toda interpretación crítica pareciera incluir una dosis de proyección personal, en la que también se proyecta el conflicto matriz del que uno nunca termina de liberarse. (3)

  La fábula de las metamorfosis del espíritu en el Zaratustra simboliza las dificultades del pensamiento emancipador de la modernidad. La dinámica que une el desenmascaramiento con la liberación nos toca de manera muy sensible, sobre todo ahora que la dialéctica de la historia exteriorizó todas las contradicciones y la negatividad de la modernidad, pero aun así no precipitó un salto cualitativo hacia formas emancipadoras de vida. La exteriorización funcionó como desemascaramiento de la dominación, pero no como superación de la alienación.

  El salto del león no tiene garantía. Nietzsche rompió con la concepción hegeliano-dialéctica del progreso y la libertad, poniendo esta última como posibilidad que descansa más en la voluntad singular que en la determinación de la historia. Si ha de entenderse la liberación como un proceso crítico que hace posible la autopoiesis, esta autoproducción  no se desprende necesariamente del exhaustivo trabajo crítico del león. Precisamente estamos hablando de liberación, no de necesidad. La autocreación no es consecuencia necesaria de nada que le anteceda. Este argumento parece especulativo, pero no es refutable dentro de esta lógica de la libertad. Para que nazca el niño, el león debe morir primero y dejar, entre los dos, un espacio de incertidumbre. En ese espacio apuesta el camello para perpetuarse, el vacío para disolverlo todo, y el niño para darse a luz.

 

Notas.

(1) E. Cioran: La tentación de existir.

 

(2) F. Nietzsche: Así habló Zaratustra.

     El ideal del espíritu libre, tal como aparece sobre todo en Humano, demasiado humano, guarda resonancias llamativas con esta última metamorfosis del espíritu en niño en el Zaratustra, y podría considerarse un precedente. Véase, por ejemplo, esta descripción previa del espíritu libre: “Nos desembarazaríamos del énfasis y no sentiríamos ya el aguijón de este pensamiento , que no es solamente naturaleza o que es mucho más que naturaleza. En verdad sería preciso, como he dicho, un buen temperamento, un alma segura, dulce y en el fondo gozosa, una disposición que no tendría necesidad de estar  en guardia contra las sacudidas y los estallidos súbitos y que en sus manifestaciones no tendría necesidad en modo alguno del tono gruñón y del gesto hosco, odiosos caracteres, como sabemos, de los perros viejos y de los hombres que han estado mucho tiempo en presidio … un hombre emancipado …debe estar satisfecho como de la situación más deseable, de volar así libremente, sin temor, por encima de los hombres, de las costumbres, de las leyes y de las apreciaciones tradicionales de las cosas”. (F. Nietzsche: Humano, demasiado humano.)

 

(3) Un hermoso pasaje del retrato intelectual que hiciera Lou Andreas-Salomé sobre Nietzsche ilustra esta relación contradictoria del crítico, el emancipador y el propio camello: “Nietzsche se esforzaba por  descubrir a través de las distintas formas de autodivinización, un sustituto al dios muerto. Podemos detectar allí la supervivencia del instinto religioso en el libre pensador, instinto que persiste con  mucha fuerza incluso después del hundimiento del dios al que dirigía sus pensamientos (…) También la potente emoción religiosa que nutre su filosofía forma un nudo denso de tendencias contradictorias: su propia inmolación y su propia redención; la agonía de su destrucción  y la voluptuosidad de su divinización; las torturas de la enfermedad y las delicias de la sanación: éxtasis del fuego y una helada inteligencia”. (Lou Andreas-Salomé: Fréderic Nietzsche.)

 

Ed-

23.02.17.

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